Más allá de las mujeres
Me encontraba en Madrid, como ya hacía siempre en las vacaciones, de intrépido en seguir conociendo la sazón europea. Al ponerse el sol, había quedado con una rubia del barrio de Jerónimos que conocí la noche anterior en una galería de arte. Nos veríamos en el Palacio de Cibeles.
Estuve allí con media hora de anticipo. Cuando había marcado con los pies todos los puntos que recorrería, cedí a esperar en la parada mientras miraba, excluido de la rotonda, los leones que tiraban de la carroza a la diosa Cibeles. Seguí con la mirada, por su imponencia, el salpique de la fuente.
En la banca de al lado se encontraba un hombre que seguramente me superaba en años. Sus líneas tenues bajo los ojos y el bigote podado daban señales. Quizá notó en mí lo extranjero, por lo que después de un momento, en uno de esos azarosos cruces de miradas, me saludó con la cabeza y, al devolvérsela con una sonrisa cordial, se apresuró a acercarse sin desconfiar. No me sorprendió. Los españoles, aparte de expresarse con una gracia hilarante —cosa que hallo curiosamente disfrutable—, tienden a ser personas más penetrantes al comunicarse.
—En este lugar no solo se reúne gente por el autobús —dijo sentándose casi a mi lado—. También están los tíos frívolos que esperan noches de pasión… ¿Tú por qué estás aquí?
—Yo me encuentro esperando a alguien —respondí sin tomarlo personal—. Tendré una cita.
—¡Ah! Las citas. —dijo ignorando por completo mi acento— ¿No te molesta si te digo algo en lo que he pensado? Viene al caso. Es acerca de las mujeres y nosotros, los hombres.
—Para nada.
Sonrió y sus ojos se llenaron de reflejos de luz. Luego, acomodándose la voz, dijo:
—¿Acaso será que estoy viendo más allá? Cuando veo a una mujer con atractivo rescatable, inmediatamente el mundo vierte verdad en mí: y es que habrá mejores mujeres que aquella. Ya no es el deseo de conseguir a la indicada, sino que el intento de conseguir a cualquiera es vano. Ellas son suficientes para sí mismas y ellas me son insuficientes. Sí, yo también me río. Pero si viniese una mujer ahora y me dijese que no soy digno de ella y de nadie, le daría la razón. Yo no soy digno de quien no es digno de mí. Por eso, refuerzo mis creencias de que las mujeres no nos necesitan. El feminismo es aún un niño que pide todo, con razón, pero sin la furia de la realidad. Está protegido por un paraíso. ¡Ah! Pero cuando ese niño crezca, verá lo que yo también atisbo. No tiene que reclamarle a los hombres por una libertad, porque, como verás, no somos libres de abandonar a las mujeres a su suerte. Ellas tienen que dejarnos. Solo ellas tienen ese poder. El hombre no abandona el hogar; es la mujer quien lo larga. Pueden manejarse solas. Quizá requieran un hombre, pero uno también requiere una cuchara sabiendo que bien puede comer con las manos. El hombre es como una prótesis, casi parte de, pero se podría hacer el esfuerzo y vivir sin él. El hombre, y no me excluyo, es necesario superficialmente, pero prescindible esencialmente. La perpetuación de la especie y el matrimonio no van de la mano. Ya no es una prioridad, al menos en este punto de la historia. Para el Homo habilis quizá consideremos que lo esencial era sobrevivir y perpetuarse, pero no para nosotros. Hasta el hombre más pobre no considera esencial sobrevivir, sino aspirar a vivir mejor.
» ¿Qué es, pues, mi febril deseo de penetrar a una mujer respecto al trato y la simpatía disfuncionales que nos daremos por el resto de nuestras vidas? Considero entonces que la reproducción y, entre otras cosas, el sexo, si no son obsoletos, al menos no son esenciales. La esencia de algo nunca la encontraremos en alguien, sino que nosotros se la daremos; y lo único que habrá en ese individuo será carne, cabello, huesos y sus propias creencias. Puedo prescindir de eso. Nunca lo más innecesario me ha servido tanto para comprender algo.
» Yo puedo seguir viviendo sin conseguir una mujer y ellas pueden vivir campantes sin necesidad de mí ni de otro hombre. La calidad de un hombre no se refleja en el tipo de gente que lo rodea, sino en los que no lo hacen. Este alcanza el punto más álgido de su vida mientras más solo se encuentre. La mujer, por su lado, va más allá de sí misma mientras más nadie la necesite. Mientras más busquen su empoderamiento, su sutil supremacía, su desigual igualdad, sus febriles deseos, me darán la razón: cada vez más entre hombres y mujeres nos estorbamos. Nos asqueamos el uno al otro. Y nos enorgullece.
» Agradezco tu paciencia. No espero en modo alguno una respuesta. Con que me hayas oído es suficiente. La palabra se ha dicho. ¡Allá quien oiga!
A mí jamás se me ocurriría pensar tal disparate. Yo disfrutaba de la compañía de las mujeres. Las necesitaba como hoy en día se requiere un móvil. Supuse, pues, que se trataba de un pobre resentido a quien las mujeres rechazaron y que quería restregarle sus ideas en la cara a alguien que sí consiguió divertirse con una mujer.
—¿Y tú qué haces hoy aquí? —le pregunté.
—Verás —respondió, viendo su reloj—, hoy se me ha apetecido una mujer. Y como soy fiel a mis creencias, he quedado con una para recordarme que, si hay o no buen sexo, la otra semana será igual, otra mujer, la misma, pero igual; y el otro mes, y el otro año, y toda la vida.
» No quiero aburrirte más. Te agradezco por haberme escuchado. Ha sido perfecto para matar el tiempo. Ya ha llegado mi cita. Suerte con la tuya.
Él se alejó entre sonrisas con la dama de la mano. Yo estuve pensativo. Sin yo desearlo, miré a la diosa Cibeles y como un chorro de agua me llegó: «¿Y si hoy decidiese no necesitar a una mujer?»
Recorrí el palacio en soledad. Y después de todo, lo había disfrutado. Fue de esos momentos en los que, si me hubiera encontrado acompañado, habría arruinado la experiencia. Ver la inmaculada arquitectura ecléctica, las fachadas neogóticas, los árboles descoloridos por la luna, el cielo, las estrellas, la oscuridad, la soledad de otear desde un mirador y el parloteo de la gente que pierde volumen me resultó más necesario que conocer a un ser humano.
Quizá dejé plantada a la mujer más bella que existe, la ulterior, de la que no hay nadie mejor, la que quizá pudo ser, para mí, la que está más allá de todas las mujeres, pero alguna vez me tocaba a mí. Al menos por una vez, no tenía que dejarme plantado a mí mismo.
Saludé al mundo y me volví gratamente acompañado de mi soledad. En Madrid estuve con incontables mujeres, pero a ninguna recuerdo hoy; sin embargo, el mayor recuerdo que me dejó esa bella ciudad fue lo maravilloso que es recorrerla solo.
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