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La trinchera de Les Baumettes (Hacia Cimiez VI)

El casi mes y medio transcurrido fue de pura exploración para Tarik, desagradable para las princesas, privadas de las atenciones y confinadas en las habitaciones del hotel, pero una pesadilla para Mehmed, viendo menguar sus reservas en comidas y cenas mientras debía pagar las cuotas mensuales del apartamento. La ciudad estaba viviendo el cambio de temporada, cuando se marchaban los turistas británicos que habían venido huyendo del frío, la lluvia y la tuberculosis, para ser reemplazados por los estadounidenses con sus trajes de baño dispuestos a meterse por esas playas de piedras nizardas y a ponerse morenos como vulgares campesinos y obreros de la construcción. Pero el fin de la pesadilla había llegado cuando el príncipe apretó el botón con el número 6 y el ascensor comenzó a subir.

Ajenas a ese pequeño triunfo, en el patio interior del edificio, Madame Bouvier, la portera, escurría la fregona cuando Madame Claudel, la vecina del tercero, apareció por la puerta con un canasto de ropa ardiendo de curiosidad.

—¡Bonjour, Madame Bouvier! —saludó la vecina, bajando los dos escalones—. Oiga, ¿ya se han instalado los del último? Como allí arriba hay cuatro apartamentos y dos de ellos siempre están vacíos… ¿Se han metido en uno de los vacíos? ¿En el que estuvo en obras tanto tiempo?

La portera soltó la fregona y se secó las manos en el delantal con una sonrisa.

—En el de las obras, Madame Claudel. Yo estuve dentro.

Los ojos de la vecina se abrieron como platos.

—¡No me diga! ¿Y cómo es que ha entrado usted allí?

—Pues porque me pagaron, claro —respondió Madame Bouvier irguiéndose—. El marido, ese señor que camina como si se hubiera tragado un palo de escoba… ¡madre mía, si debe medir un metro noventa! Un gigante, y con ese acento tan raro que tiene al hablar… Bueno, pues bajó y me dio unos buenos francos para que les limpiara el polvo de la reforma y le llenara la despensa. Su señora esposa, la princesa… —la portera hizo comillas en el aire con los dedos— debe ser igual de estirada que él, pero más inútil. Por lo visto no sabe ni pelar una patata, se lo juro.

—¡Mon Dieu! —exclamó la vecina—. ¿Y qué me dice del piso? ¿Qué tienen ahí dentro?

—¡De todo, señora, de todo y a estrenar! ¡Usted no se imagina! Cocina de gas que brilla que da envidia verla, radiadores nuevos, un aseo separado… y en el baño, ¡una bañera con patas de león y un calentador! Con esos no va lo de calentar cacharros al fuego.

Madame Claudel soltó un silbido.

—¡Madre mía! Y con esos trajes tan elegantes que lleva… deben de ser asquerosamente ricos.

En ese momento la curiosidad cambió de bando.

—A eso iba yo, Madame Claudel —dijo la portera bajando la voz a un tono conspiratorio—. Como usted es una de las pocas propietarias y puede ir a las reuniones, quería preguntarle. ¿Es verdad lo del ascensor?

—¿Qué cosa del ascensor?

—Pues me ha dicho un pajarito que Monsieur Delacroix dijo que no salían las cuentas para ponerlo porque había dos que no pagaban. Y dicen… dicen que este hombre, el del metro noventa, se plantó allí y soltó los billetes sobre la mesa, pero que el ascensor tenía que ponerse para que su esposa no subiera por las escaleras. ¿Es verdad?

—Pues mire, no va mal encaminada. Algo de eso mismito me comentó mi marido y mire que yo tenía entendido que lo habían alquilado, que era de otra persona.

—Eso mismo tenía entendido yo. Al parecer se lo dan a él con el trabajo. Me dijo el administrador que no había fianza o que lo habían resuelto por otro lado y que le diera simplemente las llaves.

—¡Vaya con los exiliados, Madame Bouvier! ¡Vaya con los exiliados!

Mientras el pequeño expulsaba los gases, el príncipe cruzó el umbral de la habitación radiante con una mano en el bolsillo de su pantalón asegurándose de palpar el llavero con solo dos llaves.

—Nuestra estancia en este hotel termina el uno de mayo —anunció triunfante—. He conseguido un apartamento moderno.

Hatice se llevó una mano al pecho como la que oye su sentencia de muerte.

—¿Al apartamento al final? —balbuceó—. Mi príncipe… por el amor del Misericordioso, respóndame. ¿Tan mal estamos? ¿Acaso hemos agotado todas las libras esas que nos dieron al salir? Van a decir que la Casa de Osmán se aloja en casas de vecindad. Solo pido esperar un poco más, hasta que el kâhya envíe lo que se ha obtenido vendiéndolo todo.

—Ese hombre es un traidor —la cortó el príncipe—. Estuvo espiándome para el sultán, para las fuerzas de la Entente y ahora no responde a ninguno de mis telegramas, lo que no me sorprende. El apartamento es el único camino, mi princesa.

—¡Pero es que no lo entiendo! —suplicó ella, tratando de mantener su compostura—. Fui… fui educada desde la cuna para ser servida en un palacio. Ni en Tiflis ni en Estambul jamás puse un pie en un cuarto de limpieza. ¿Qué pretende su alteza que haga en un piso de alquiler?

—Pretendo que vivamos como lo que somos ahora: exiliados en Europa —respondió serio—. Mi princesa tendrá que asumir las funciones de un ama de casa europea. Lavar la ropa, cuidar de la casa y cocinar para nuestros hijos. Pero se podrá sostener, no como esto.

La princesa dejó caer la frente sobre su mano.

—¿Lavar yo? ¿Cocinar? —preguntó retóricamente alzando la cabeza—. Mi señor… no es solo por dignidad, ¡es por…! No sé nada de eso. Y ¿si enferma el mayor por no saber cocinar? ¿Y si enferma el bebé por no lavar bien los pañales?

La princesa volvió a dejar caer su frente sobre la mano.

Mehmed se mantuvo en silencio durante un momento.

—Para mí también ha sido muy indigno cargar con la cuna por la calle y el tranvía, rodeado de obreros y estibadores. Pero el apartamento debe ser nuestro hogar a partir de la semana que viene. Míralo por el lado bueno. Tendrás un sitio donde invitar a té sin estar a la vista de cualquiera.

Hatice pensó en eso y a la mente se le vinieron las palabras de la rusa y de su madre en la carta.

—Necesitaré… necesitaré… Necesitaré tu ayuda cuando no sepa qué hacer con la estufa de carbón y al subir la compra por la escalera o bañar al niño para traer el agua caliente o…

—No te preocupes, mi princesa. Todo eso no será necesario. Lo verá mi princesa cuando lleguemos.

El día uno de mayo el traqueteo metálico del ascensor cesó con un leve golpe al apagarse la luz del número 6 y última del indicador superior en el edificio del n.º 15 de la refinada avenida de Les Baumettes. Al rellano daban las cuatro puertas de los cuatro apartamentos. Hatice las vio como cuatro ojos que la miraban. Con pánico miró a la izquierda. La escalera seguía subiendo, pero no quiso saber más.

Mehmed dejó la cuna en el suelo para girar la llave y empujar la puerta. Se sentía cierto olor a cerrado al franquear el umbral.

—Pasa, princesa —murmuró el príncipe, haciéndose a un lado.

La princesa entró vacilante. Sus ojos, educados en el lujo absoluto del palacio de Dolmabahçe, chocaron de inmediato contra las paredes del minúsculo recibidor con una mesita y un perchero por todo adorno frente al armario.

Mehmed cerró la puerta y se dispuso a guiarla.

—Sé que las dimensiones son… un cambio drástico —comenzó él—. Pero está completamente reformado y los muebles son todos nuevos.

Abrió la primera puerta desde el pequeño pasillo.

—Aquí tenemos el aseo y seguido el cuarto de baño con bañera.

Mehmed esperó a que su esposa se despojase de su çarşaf y caminó delante de ella los pocos pasos que le separaban del salón-comedor. Abrió las cortinas del fondo y todo cambió de golpe. La luz del sol brillando sobre el Mediterráneo entró por el enorme ventanal que ocupaba toda la pared. Entre los edificios se veía el mar solo dos calles más allá.

Volvió a cruzar el salón camino de la cocina. En ese momento la imaginación de la princesa le regaló la imagen sentada en la mesa del salón-comedor departiendo con su prima y algunas amigas que tal vez haría más adelante.

—Fíjate en esto…

Mehmed giró una de las cuatro llaves y rasgó una cerilla. La llama saltó con una pequeña explosión con su tono azulado de buena combustión.

Hatice se echó una mano al pecho mirando aquel artefacto del que parecía estar tan orgulloso su marido.

Él cruzó otra vez más el salón-comedor entre la mesa con seis plazas y la mesita baja frente al sofá. Abrió la puerta de una de las habitaciones y corrió las cortinas, inundándola nuevamente de luz.

—Este será el haremlik.

Con la mano aún en su blusa, la princesa se asomó a la puerta y vio el cuarto con las dos camas, pies de camas, mesita de noche y, al estar la pared del ventanal en curva, sitio para la cuna.

Mehmed abrió la ventana y se asomó al balcón. La brisa del Mediterráneo que se veía entre los edificios le acarició el rostro. Hatice se acercó despacio, con una mano en su cuello. Entre el ruido de la calle pudo oír el mar, muy bajo, pero se oía el mar.

—Hoy comeremos y cenaremos comida de fuera —anunció él, ajustándose los puños de la camisa con serenidad—. Le pedí a la portera que llene la despensa para los próximos días.

Hatice se giró hacia él y musitó más que preguntó:

—Mi príncipe… ¿De dónde ha salido este piso?

—Me lo dan con el trabajo, mi princesa —respondió con voz firme—. He conseguido un empleo en una empresa. Este apartamento forma parte de mi remuneración.

Las palabras cayeron sobre Hatice como una humillación más de aquel destierro. Su esposo, un príncipe imperial de la Casa de Osman, nieto de sultán, trabajando como un vulgar empleado para unos comerciantes o algo peor.

Bajó la cabeza incapaz de disimular su disgusto.

A la mañana siguiente se oyó el suave clic de la cerradura cuando Mehmed marchó hacia su «empleo». De pronto, el silencio aterrador del apartamento de los setenta y cinco metros cuadrados se abalanzó sobre la princesa Hatice. No había pasos de eunucos, ni de sirvientes ni de doncellas. Solo se quebró un instante después por el llanto del pequeño que reclamaba su toma. Ella se puso a ese acto indigno de una princesa, pero placentero tras los primeros días de mastitis.

A sus pies, su hijo de tres años ya se había levantado y tiraba con insistencia de la tela de su camisón.

—Tengo hambre, madre. Quiero desayunar.

Hatice por un momento quiso que Murad no terminase nunca de mamar.

Con el bebé llorando a todo pulmón en un brazo y el niño de tres años correteando ansioso a su alrededor, Hatice avanzó hacia la cocina de gas.

Las dudas le llegaron de golpe: ¿Qué pasaba si giraba la llave equivocada? ¿Explotaría todo?

Dejó al bebé en el moisés que había comprado su esposo días antes, pero el llanto se desató más fuerte al perder el contacto con su madre, mientras el mayor comenzaba a ponerse aún más nervioso por el estrés que flotaba en el ambiente.

Hatice abrió una de las llaves y tomó la caja de cerillas como le vio hacer a su esposo. El primer fósforo se le cayó al suelo. El olor a gas la puso más nerviosa todavía.

Logró encender la segunda cerilla y al acercarla provocó una pequeña explosión. Hatice dio un respingo hacia atrás con un grito llevándose una mano al pecho. De repente le pareció que toda la casa se había quedado en silencio viendo la llama arder con tranquilidad.

Las lágrimas se agolparon en sus ojos: ese sería su futuro.

Apretando los dientes para no sollozar frente al niño que la miraba preocupado, agarró el cazo que tenía delante y se dispuso a calentar algo de leche.

A unas cuantas calles de distancia, el príncipe Mehmed respiraba el aire de la mañana de Niza a pleno pulmón, paseaba bajo los árboles de la avenida Les Baumettes sin despertar la atención de nadie, pudiendo elegir girar por la calle que quisiera cuando quisiera y parándose donde le viniese en gana.

Eligió un bistró modesto, de mesas de madera y sillas de mimbre. Le recordó por enésima vez a la época en la Academia de Berlín, los años más libres y felices de su vida. Tomó asiento en una esquina apartada en un intento vano de alejar el bullicio de los obreros y comerciantes. Abrió su maletín y extrajo los cuadernos de contabilidad: el Libro Diario para anotar lo que le había dado a Hatice, el Libro Mayor para incluir ese gasto en su sueldo, y el Libro de Inventarios y Balances, el más temido porque le decía cómo menguaba el pasivo neto.

El príncipe anotó los francos como parte de su salario en el Debe. Le resultaba lógico. Lo había sacado de su cuenta y pensaba que se debía a la empresa. Pero, por si acaso, lo consultó en la Guía de Contabilidad. Mehmed se detuvo. Lo volvió a leer. Apretó los dientes y con su estilográfica de oro tachó furioso el asiento y lo escribió de nuevo, pero en el Haber. Se le vinieron a la cabeza sus años en Alemania estudiando ingeniería militar. Allí también tuvo que tachar muchas veces.

Al final de la mañana el apartamento se había convertido para Hatice en una olla de presión a punto de estallar. Las cuatro paredes del salón-comedor, que el día anterior le parecieron reducidas, ahora parecían encogerse a cada minuto, pero como si fuesen orejas absorbiendo cualquier ruido que hiciese. Había escuchado hablar a la vecina de al lado, había escuchado la cañería sonar porque la de abajo debió de abrir el agua, había escuchado a gente en el descansillo abrir una puerta y volverla a cerrar. Si ella los podía oír, ellos también la podían oír a ella.

El bebé no cesaba de llorar desde la cuna del dormitorio. Mientras tanto, el mayor, falto de espacio y de atención, no dejaba de revolotear a su alrededor, correteando entre las sillas y tirando de la tela de su vestido con preguntas incesantes. En medio de aquel torbellino, las manos torpes de la princesa habían provocado la catástrofe: una taza de porcelana se le había estrellado contra las baldosas.

La princesa del Cáucaso tuvo que arrodillarse para recoger los afilados pedazos.

—¡Madre! ¡Madre, mira! —insistía el pequeño de tres años, interponiéndose en su camino.

—¡Que me dejes en paz! —estalló Hatice.

El niño se petrificó. Retrocedió un paso. Pero lo que salió de su boca fue una cuchilla que rasgó el corazón de Hatice pese al agobio diario:

—¡Es que tú nunca me coges! —sollozó el pequeño—. ¡No me quieres!

Era verdad. Al menos en parte. Se quedó inmóvil en el suelo, con un pedazo de porcelana aún entre los dedos.

Soltó los restos de la taza sobre la mesa, se levantó tambaleándose y se dejó caer en el sofá del salón con el rostro entre las manos.

El niño, al ver a su madre derrumbada de esa manera, dejó de llorar por un instante. Corrió a la habitación y regresó con su tesoro más preciado: el pequeño caballo de madera que trajo desde Estambul.

—Para ti… para que no estés triste —murmuró con voz timorata ofreciéndole su tesoro.

Hatice abrió los ojos. Al ver el juguete de madera tan cerca, un primer impulso fue apartarlo de un manotazo. Pero justo cuando lo iba a tirar, el eco de la frase de su hijo resonó nuevamente: «¡Tú nunca me coges!»

Hatice miró al pequeño. Vio su mirada asustada pero llena de inocencia, con la manita extendida ofreciéndole su mayor bien y, por primera vez en la vida de aquel niño, Hatice lo rodeó con los brazos y lo atrajo con fuerza contra su pecho.

El niño lo agradeció como el mejor de los regalos escondiendo la cara en el cuello de su madre.

—Gracias… —susurró Hatice—. Gracias, mi vida. Perdóname… perdóname. Prometo quererte más. Quererte como te mereces, hijo.

Cuando el príncipe Mehmed regresó al mediodía, el aroma que lo recibió no fue de finas especias orientales, sino de almidón quemado. Al entrar en el minúsculo comedor, encontró a Hatice sentada a la mesa, pálida y con el delantal manchado. Los niños dormían por fin la siesta en el improvisado haremlik.

Hatice había intentado emular lo que creía que era un plato sencillo: hervir arroz con algunas verduras; pero la parte de arriba parecía un engrudo pegajoso, la de abajo se había convertido en una costra carbonizada.

Mehmed se despojó de su chaqueta, se sentó y probó la primera cucharada.

«No es mucho peor que el rancho en el Frente de Palestina», pensó para sí.

Hatice lo observaba extenuada.

—Tenemos que volver al hotel, mi príncipe —soltó de golpe—. Ha sido una mañana espantosa. El gas… casi quemo la cocina. El pequeño no ha parado de llorar, el mayor no entiende por qué nadie viene a atenderlo. No podemos vivir así.

El príncipe continuó comiendo el engrudo mientras ella elevaba el tono.

—Esto tiene que ser temporal. Es un error, un absurdo error. En cuanto a los del gobierno de Ankara se les pase el enfado…

Ella siguió hablando, pero él ya no la escuchaba. Levantó la vista y la miró con dureza.

—No va a pasar, princesa —replicó él.

La princesa se estremeció.

—He leído en la prensa —prosiguió severo— que están restringiendo la cantidad de liras que pueden enviar desde Turquía y todas las naciones occidentales parecen muy conformes con las reformas de Mustafá Kemal. Lo de Armenia nos lo achacan a nosotros. Está claro de parte de quién están.

Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos a ambos lados del plato.

—El nuevo gobierno no está «enfadado». Nos odian. No olvides que somos de la dinastía que colaboró con los invasores, la que perdió la Guerra y, para colmo, la que enjuició y sentenció a muerte en rebeldía al que hoy es el presidente del país.

Hatice abrió los labios para replicar, pero se detuvo cuando le vino a la mente la frase: «es el veneno más dulce de los exiliados».

El príncipe terminó lo poco que quedaba en el plato, se limpió con la servilleta y se disculpó porque debía volver a salir.

Una hora después, en la oficina de correos y telégrafos de Niza el ambiente estaba impregnado de un persistente olor a tabaco negro, tinta de sello y madera húmeda. El príncipe Mehmed aguardaba su turno de pie como el resto de los obreros con boina, dependientes y amas de casa con cestas de mimbre.

Mientras el funcionario de turno atendía con desgana al cliente anterior, Mehmed abrió su inseparable maletín de cuero. En lugar de sacar los libros de contabilidad, extrajo un volumen modesto, recién adquirido en una librería del casco antiguo. El librero, un anciano de gafas redondas y aire erudito, se lo había entregado asegurándole que aquella traducción contenía el bálsamo perfecto para cualquier exiliado.

Mehmed abrió el libro por la página marcada y leyó en silencio:

«Doquiera que vamos, lloramos por España, porque en ella hemos nacido y ella es nuestra patria natural…»

El príncipe frunció el ceño, cerrando el libro sobre su dedo índice. Por un momento, pensó que el librero debía de ser un idiota integral si creía que él suspiraba por volver a Turquía, por la tierra que los había desterrado y hacía todo lo posible por borrarlos de su memoria. Sin embargo, detuvo su pensamiento y recapacitó. ¿Y si el viejo librero no hablaba de una geografía? ¿Y si «ella» no era un lugar en el mundo, sino un lugar en la escala social apartado de obreros y comerciantes?

Mehmed dejó volar su imaginación hacia una mansión enclavada en la colina de Cimiez, rodeada de jardines y con sus hijos jugando sobre la hierba bajo el sol mediterráneo.

«Los sueños, sueños son», se dijo con amargura, sacando el índice del libro.

—Le suivant —graznó el empleado tras la ventanilla.

Justo antes de dar un paso para ser atendido, una voz interior le advirtió: ten cuidado con tus sueños, no sea que se hagan realidad.

Cuando la noche cayó sobre Niza, el príncipe Mehmed llevó a cabo un acto para la princesa Hatice tan extraño e impropio de un hombre de su estatus: agarró al primogénito por las axilas y lo sentó en su hombro. El niño se mostró encantado caminando sobre su padre hacia la gran ventana del salón-comedor.

—Mira, hijo mío, donde riela la Luna sobre el agua —le susurró el príncipe indicando hacia el este, donde la bahía se adentra en el mar—. Al otro lado de la bahía, lejos, muy lejos, donde la Tierra se dobla y desaparece de nuestra vista, está lo que ahora llaman Turquía.

El niño, de apenas tres años, miraba la oscuridad con los ojos muy abiertos, sin comprender del todo la magnitud de las palabras.

—Y dentro está Estambul, la ciudad donde tú naciste, apenas unas semanas antes que tu prima segunda, Neslişah Sultan. Y dentro de esa ciudad está el palacio de Dolmabahçe. Allí era donde tú corrías por los pasillos de mármol.

El pequeño no recordaba nada de aquello, pero sonreía radiante sentado sobre su padre siendo el centro de las explicaciones.

Hatice observaba desde el umbral de la cocina cómo las acciones excéntricas de su marido aún no habían terminado. Tras apartarse de la ventana, Mehmed traspasó el umbral del haremlik con total osadía. Metió al niño en la cama y, como si fuese su estancia, se tumbó junto a él.

El príncipe no pudo ver la cara de ofensa que se dibujó en el rostro de su esposa porque bajó la voz y comenzó a recitar:

«Se cuenta, ¡oh rey feliz y de sabios auspicios!, que en lo que pasó y sucedió en la antigüedad y en los tiempos que le precedieron, hubo un rey de los reyes de la dinastía de los sasánidas, en las islas de la India y de la China. Era dueño de ejércitos, de servidores y de un séquito inmenso…»

La cadencia del inicio de Las mil y una noches fue apagando poco a poco la energía del niño, hasta que su respiración se volvió profunda y acompasada.

Cuando Mehmed se deslizó fuera del diminuto haremlik y cerró la puerta, no se dio ni cuenta del rostro desencajado de su esposa.

—Buenas noches —dijo él cerrando el selamlık sin esperar respuesta.

La puerta trasera del modesto hotel al que las familias otomanas más lúcidas se habían trasladado «temporalmente» daba a un callejón estrecho donde los cubos de basura esperaban rebosantes de sobras a ser recogidos y la escasa luz de las pocas farolas apenas lo iluminaba.

El recepcionista, un joven con cara de pocas luces, asomó la cabeza con precaución antes de deslizarse al exterior. Sostenía bajo el brazo el pesado libro de registros del establecimiento. En la penumbra del callejón aguardaba un hombre con traje gris y sombrero fedora.

El recepcionista le tendió el libro abierto. El hombre lo examinó durante un instante recorriendo con el dedo las anotaciones.

—Parece que falta uno —murmuró con un inconfundible acento turco.

El recepcionista se encogió de hombros:

—Puede ser… Hay uno alto, de andares estirados, que hace tiempo que no lo veo. Quizá se marchó en otro turno, o ya no duerme aquí. Los registros… a veces tienen agujeros.

El hombre del traje gris cerró el libro de un golpe seco y se lo devolvió. Sin mediar palabra, metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, extrajo un puñado de francos, se los entregó al muchacho, dio las gracias y se marchó anotando el dato en una libreta.

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