Hijos de la pólvora - Capitulo 24: El pueblo
El aire de la cuenca bajaba caliente y seco, y la resolana borraba los perfiles de la serranía en el horizonte. A lo largo del camino real, las fachadas de pino formaban una sola calle polvorienta. No corría viento. En los aleros de la herrería y del almacén, el alquitrán derretido caía sobre los tablones en un goteo lento. La partida de Troy entró al paso, ocupando el ancho del carril de zanja a zanja en un bloque de treinta jinetes. Las herraduras golpeaban la greda seca con un rumor sordo y pesado. Los caballos venían negros de sudor bajo las mantas bastas, mascando los bocados de hierro y soltando copos de espuma sobre la huella.
Archie cabalgaba en el corazón de la formación sobre una yegua alazana que obedecía al menor roce del cáñamo. Llevaba el sombrero calado hasta las cejas para atajar el resplandor blanco del cielo. Apenas veía las espaldas anchas de los cuatreros, las cananas cruzadas sobre el cuero y las carabinas en las fundas de montar. Con doce inviernos a la espalda, aquel caserío de tablas no era más que otro conjunto de madera vieja, otro alto en la marcha interminable por un territorio sin ley. La cartuchera que Troy le había tirado años atrás le colgaba en la cadera derecha, atada al muslo con un tiento de cuero crudo para que el peso del acero no le golpeara la rodilla en el tranco.
La entrada de los jinetes quebró la calma del pueblo. Frente a la tienda, un peón que descargaba un fardo de harinas soltó el saco contra los tablones; la arpillera reventó en una nube blanca mientras el hombre se arrojaba hacia el interior. La puerta de roble se cerró con estruendo y el cerrojo cayó en su hembrilla con un chasquido limpio. Más abajo, una mujer descalza manoteó del brazo a su hija pequeña, arrastrándola hacia el callejón de los corrales. En segundos, los postigos se cerraron y las cortinas cayeron sobre los cristales turbios.
La calle quedó vacía, barrida únicamente por el polvo que levantaba la comitiva.
Desde la penumbra de los soportales comenzaron a asomar los cañones. Varios hombres se agazaparon tras bebederos y barriles, asomando escopetas y fusiles militares. Los cuatreros ni siquiera amagaron con desmontar; algunos intercambiaron sonrisas cargadas de calma, acariciando las culatas gastadas con la familiaridad de quienes han visto cerrar cien puertas iguales en la frontera.
Gilbert Troy abría la marcha cinco pasos por delante del grupo. Montaba un semental zaino que arqueaba el cuello con paso firme, haciendo crujir el arnés en cada tranco. Troy llevaba el gabán desabrochado sobre el chaleco negro y la cartuchera baja atada al muslo. La mano enguantada descansaba en la perilla de la montura; no miraba hacia las ventanas atrancadas ni hacia las escopetas tras las esquinas. Tenía los ojos grises fijos en el extremo del camino, donde la oficina del sheriff recortaba su silueta contra la calina.
La banda frenó frente a las puertas batientes de la cantina. Los treinta jinetes tiraron de los frenos al unísono. Las bestias resoplaron sacudiendo los cabezales y piafando contra la grava.
El silencio que cayó después fue espeso y sofocante. Solo se escuchaba el chirrido de un letrero de latón girando sobre un gozne herrumbroso al empuje del aire caliente.
La puerta de la oficina de la ley se abrió hacia afuera.
Un hombre alto, de espaldas macizas y rostro curtido por la intemperie, cruzó el umbral y se detuvo en el primer escalón. Neal Ducker llevaba una estrella de seis puntas sobre el bolsillo de su camisa parda, desteñida por el sudor. Tenía los ojos hundidos bajo cejas pobladas y la boca cerrada en una línea dura. Detrás de él apareció su hijo Aaron, de dieciocho años, cerrándole el flanco con una carabina de palanca. Los nudillos del joven blanqueaban sobre el guardamonte, pero la vista no vacilaba al medir la hilera de treinta hombres armados. A los flancos del edificio, tres vecinos se sumaron con las armas encaradas, formando una barrera precaria entre la ley y los recién llegados.
Gilbert apoyó ambas manos sobre el arzón delantero y ladeó la cabeza, contemplando al comisario con frialdad.
—Ducker —dijo Troy—. El camino viene pesado hoy.
Neal no pestañeó.
—Tienen un minuto para dar vuelta a las riendas y sacar las bestias del término municipal —respondió el oficial, con un tono cavernoso—. Pasado el minuto, cualquier hombre armado sobre una silla es pasto de cuervos.
Gilbert soltó una risa breve que sus hombres corearon con bufidos y juramentos.
—Venimos por la harina de la tienda, el maíz de los graneros y lo que guarde la caja fuerte de la oficina postal —replicó Troy, escupiendo una hebra de tabaco sobre la tierra reseca que mediaba entre ambos—. Y si tienen algún novillo cebado en los corrales del fondo, también nos lo llevamos.
—Aquí no hay nada para ustedes —dijo Neal, bajando la diestra media pulgada hacia la culata del revólver—. Ni un grano de avena. Ni una moneda de diez centavos.
—Eso lo comprobaremos nosotros mismos —soltó el jefe cuatrero.
En los porches vecinos sonó el chasquido de varios martillos al montarse. Los bandidos respondieron deslizando los dedos sobre los arneses, cuadrándose en los estribos para el desenfunde. El aire se cargó de una quietud pesada, previa al tiroteo.
Neal Ducker paseó la vista por las caras curtidas de la primera fila, contando revólveres y calculando líneas de fuego. De pronto su mirada se clavó en el centro de la formación y se congeló.
Entre dos jinetes armados con escopetas recortadas, un muchacho de facciones angulosas y hombros estrechos lo observaba con las riendas entre los dedos. Vestía camisa rota en los codos, calzones manchados de grasa y una cartuchera ajustada con vueltas de soga. En los ojos de Archie no había arrogancia; había una quietud templada en la disciplina de quien ha crecido esquivando golpes y coces en los campamentos.
Neal Ducker pestañeó, desconcertado, y la boca de la escopeta descendió dos líneas hacia los tablones. En sus años de perseguir gavillas por los desfiladeros de la frontera, jamás había visto a una partida llevar a un crío de doce años a un asalto a plena luz del día.
Gilbert Troy advirtió el descuido en el acto. Siguió la dirección de los ojos del sheriff, giró el torso sobre la montura y vio al muchacho con la atención desviada: Archie observaba a un perro flaco que escarbaba entre unas cajas vacías a la entrada de un callejón, ajeno a los fusiles que cubrían la calle. Aquella distracción en mitad de un cerco armado quebraba la presión que Troy exigía mantener sobre el pueblo.
—¡Muchacho! —ladró Troy, soltando el chicote de la reata—. ¡Agarra la soga!
Archie no alcanzó a reaccionar. Tenía la vista pegada al trote del perro cuando la orden cruzó el aire caliente.
Gilbert clavó la espuela izquierda en el ijar de su montura. El semental dio un salto brusco hacia el costado, cerrando la distancia con la yegua del muchacho, y el brazo derecho de Troy barrió el aire con un movimiento seco. La mano abierta, calzada en un guantelete de cuero grueso, le dio de lleno en la oreja y la mandíbula izquierda. El impacto sonó en mitad del silencio como una rama seca al partirse. La violencia del golpe arrancó a Archie de los estribos; perdió el equilibrio y cayó de costado contra el camino real, golpeando con el hombro y la cadera en el cascajo antes de rodar en el polvo.
En la fila de los cuatreros sonaron un par de risas cortas.
Archie quedó tendido boca abajo en la greda. El golpe le había vaciado el aire del pecho con un espasmo doloroso; sentía la boca llena del sabor salado y metálico de la sangre y un pitido agudo le taladraba el oído izquierdo. El dolor en la mandíbula le mantenía la cara entumecida, pero apretó los puños contra las piedras hasta que la arenilla le cortó la piel de las palmas. Se acordó del Caimán junto al fuego, del murete de caliza donde reventaban las latas y de la bota de Troy calzándole el talón para abrir el compás. Tragó la sangre, respiró hondo por la nariz y no emitió un solo quejido.
Apoyó las manos en la tierra, flexionó las piernas y se levantó despacio. Las rodillas le flaquearon un instante, pero asentó los talones en el polvo y enderezó la espalda. Con la manga de la camisa se limpió el hilo oscuro que le bajaba por la barbilla, sacudió la tierra de los calzones y caminó hacia su montura para recoger las riendas sueltas, con la vista en el suelo y los labios apretados.
En el porche de la oficina de la ley, Neal Ducker contempló la escena con los tendones del cuello tirantes. La brutalidad del castigo borró en el comisario cualquier cálculo de retirada. Dio un paso firme hacia el borde del tablado; las maderas crujieron bajo sus botas.
—Ese chico no tiene nada que hacer con una partida de cuatreros —dijo Neal, con una voz profunda que llegó nítida hasta la primera fila de jinetes—. Es una infamia para cualquiera que se tenga por hombre.
Gilbert giró el cuello despacio, clavando sus pupilas grises en el sheriff mientras dejaba caer la mano derecha a dos pulgadas de la culata de nogal de su revólver.
—Ese chico es mío, Ducker —respondió Troy, midiendo cada sílaba con frialdad—. Lo levanté de los restos de una carreta quemada y haré con él lo que me dé la gana. No te metas en asuntos que no te tocan.
Aaron Ducker dio un paso al frente levantando la carabina para cubrir a su padre, pero Neal le bajó el cañón con la mano izquierda en un ademán tajante, impidiéndole tomar posición. El comisario no pensaba escudarse tras su hijo ni detrás de los fusiles de los comerciantes.
Neal bajó los tres escalones del porche. Sus botas se afirmaron en el polvo del camino real. Avanzó cuatro pasos hacia el centro de la calle, dejando atrás las columnas de pino hasta quedar a cuerpo limpio en mitad del mediodía, a menos de veinte varas de los treinta hombres armados.
—Bájate del caballo —dijo el sheriff.
Gilbert soltó una bocanada de aire por la nariz. Pasó la pierna por encima del arzón y desmontó, pisando la greda con las suelas herradas. El polvo le subió por las espuelas. Se ajustó el ala del sombrero con la zurda y dio tres zancadas hacia el centro del carril, aflojando los hombros y dejando el brazo derecho suspendido en el vacío, con los dedos curvados sobre la cartuchera baja. A sus espaldas, la banda abrió el paso en una media luna silenciosa. Detrás de los barriles, los vecinos apoyaron los cañones temblando contra las maderas.
Quince pasos de tierra blanca separaban a los dos hombres bajo el bochorno del mediodía. En ese silencio, solo se escuchaba la respiración de las bestias y la tensión de dos manos a una pulgada de las culatas.
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