Dragones Eternos
Capitulo 25: Renegados y Perdidos
Prisión Imperial Lorkof
Planeta Lorkof — Imperio de Exquema
El guardia llegó un martes.
O lo que en la rotación de Lorkof equivalía a un martes — Katska había perdido la cuenta exacta de los días desde que había dejado de intentar llevarla con precisión, pero el cuerpo tenía su propio registro que era suficientemente fiel para saber que habían pasado los días que Valdrekk había mencionado y que este guardia específico, llegando después del desayuno con esa atención directa que ya reconocía, era lo que seguía a la decisión que había tomado en la sala pequeña.
La llevaron primero por los corredores conocidos del sector siete.
Luego por corredores que no conocía.
Valdrekk la esperaba en una intersección que Katska no había cruzado antes — un punto donde los corredores de la prisión principal terminaban en una puerta más pesada que las anteriores, con el tipo de sellado que sugería que lo que había del otro lado era diferente en algún sentido relevante a lo que había del lado donde estaban.
Valdrekk la miró cuando llegó con el guardia.
No dijo nada de inmediato. Abrió la puerta.
Las escaleras bajaban.
No muchos metros — suficientes para que la temperatura cambiara, para que el ruido de Lorkof que había sido constante durante semanas se amortiguara hasta convertirse en algo más lejano, como escuchar el océano desde el interior de una estructura en lugar de desde la playa. Katska siguió a Valdrekk hacia abajo con la atención de quien está catalogando un espacio nuevo — las paredes de concreto reforzado más antiguas que las del sector siete, con el desgaste específico de algo que llevaba más tiempo siendo lo que era.
Al final de las escaleras, el tren.
No era grande — cuatro vagones de metal oscuro sobre rieles que se perdían en ambas direcciones en la oscuridad del túnel, con una iluminación interior funcional que hacía que el espacio entre el tren y las paredes del túnel fuera casi completamente negro. No había estación exactamente — solo el andén mínimo necesario para subir y bajar, con dos soldados junto al vagón delantero que saludaron a Valdrekk con el golpe de puño al pecho del saludo imperial.
Katska lo había visto suficientes veces como para reconocerlo sin necesidad de procesar el gesto.
Subieron.
El interior del vagón era lo que el exterior sugería — funcional, sin concesiones a la comodidad, con asientos de metal fijo en los laterales y la iluminación justa para ver sin que hubiera nada que ver. Valdrekk se sentó. Los dos soldados en el vagón siguiente. Katska frente a Valdrekk.
El tren se movió sin anuncio previo.
El trayecto duró lo que tardó en durar — sin referencias visuales en el túnel era imposible calibrar la distancia, y Valdrekk no habló durante el viaje, lo que era consistente con todo lo que Katska había aprendido sobre cómo operaba.
Lo que sí había era el sonido — los rieles, los motores del tren, la resonancia específica de un túnel que amplificaba todo ligeramente. Y debajo de eso, el pensamiento de que Lorkof tenía más capas de las que había visto en las semanas del sector siete. Que la prisión que era un planeta seguía siendo más grande de lo que cualquier recorrido a pie había revelado.
En algún punto del trayecto Valdrekk dijo, sin preámbulo:
—La Base Morkan.
Katska lo miró.
—Los prisioneros la llaman de otra forma — continuó. — No importa cómo la llamen. Lo que importa es lo que es.
—¿Y qué es?
—Un lugar donde los pilotos que el Imperio considera útiles esperan ser útiles — dijo Valdrekk. — Los escuadrones se forman, se despliegan, vuelven los que vuelven. El ciclo se repite.
—¿Cuánto duran los escuadrones?
Valdrekk la miró con esa evaluación suya.
—Depende — dijo. — De la misión. Del piloto. De cuánto vale la pena seguir usando a alguien específico o cuánto cuesta reemplazarlo.
Era una respuesta honesta en el sentido en que todas las respuestas de Valdrekk eran honestas — sin el tipo de crueldad que requería disfrutar de lo que decía, sino con la neutralidad de quien describe un sistema sin tener opinión personal sobre él.
—¿Cuántos republicanos hay en Morkan? — dijo Katska.
—Pocos — dijo Valdrekk. — Casi ninguno con su perfil.
No elaboró qué significaba su perfil. No hacía falta.
El tren redujo la velocidad.
La Base Morkan llegó primero como luz — el túnel que se abría hacia un espacio iluminado que después de la oscuridad del trayecto parecía más brillante de lo que era. Luego como escala — más pequeña que el complejo principal de Lorkof, eso era inmediatamente visible, pero con su propia lógica espacial que el ojo tardó un momento en calibrar.
Era la arquitectura de algo construido con un propósito más específico, no la de la prisión principal — no para contener grandes cantidades de personas en distintas rotaciones sino para albergar a personas que iban a hacer algo concreto. Los hangares eran visibles desde el andén de llegada — dos, con las compuertas cerradas en este momento pero con el tipo de estructura que decía exactamente para qué eran. Y entre los hangares y el área de alojamiento, una pista de aterrizaje que desde aquí era solo el borde de algo que se extendía hacia el exterior del techo de la base, hacia la superficie de Lorkof.
El ruido era diferente al de la prisión principal.
Menos voces superpuestas — menos personas en total — pero con una energía distinta. No el caos de cientos de prisioneros con historias y crímenes dispares sino algo más concentrado, más específico, como si el espacio hubiera filtrado cierto tipo de caos y dejado otro.
Valdrekk bajó del tren.
Katska lo siguió.
El oficial que los esperaba en el andén era diferente a Valdrekk.
No en el uniforme del ejército imperial — eso era el mismo. En todo lo demás. Más alto, con una complexión que decía que había estado en algún momento en el mismo tipo de lugares que los prisioneros de Morkan antes de estar en el lado que estaba. El cabello cortado al ras con la precisión de alguien que mantiene ese detalle con la misma atención con que mantiene todo lo demás. Y los ojos — más oscuros que los ojos claros con tono violáceo de Valdrekk, con la atención de quien ha visto suficiente como para que nada en un andén de llegada de la Base Morkan pudiera sorprenderle.
Intercambió algunas palabras con Valdrekk en exquemano.
Katska captó suficiente para entender que era transferencia de información — el tipo de intercambio entre dos oficiales donde uno entrega algo que era su responsabilidad y el otro lo recibe como suya. Breve, sin elaboración, con el tono de dos personas que conocen el procedimiento.
Luego el oficial de Morkan la miró.
La evaluación fue más corta que la de Valdrekk en los primeros encuentros — porque procesaba más rápido, o porque lo que necesitaba evaluar era diferente, no porque tuviera menos interés.
No habló con ella.
Habló con Valdrekk otra vez — algo corto, con una palabra que Katska captó como confirmación o acuerdo.
Valdrekk asintió.
Luego se volvió hacia Katska.
La miró con esa evaluación de siempre — el segundo de verificación que había usado desde la sala de tránsito de Lorkof hasta esta última.
—Bien — dijo, en republicano.
Una sola palabra — el cierre del proceso que había comenzado en el interrogatorio del sector siete, más que una despedida, dicho con el mismo tono con que Valdrekk decía todo lo demás.
Luego giró hacia el tren.
Subió.
El tren se movió.
Y Katska se quedó en el andén de la Base Morkan con el oficial que no le había hablado todavía y los dos soldados de escolta y el ruido diferente de este lugar que ya estaba instalándose en el oído como todos los ruidos de todos los lugares nuevos.
El oficial la llevó hacia el interior de la base sin instrucciones previas — solo el camino y la expectativa implícita de que lo siguiera, que era suficiente.
Los corredores de Morkan eran más cortos que los de la prisión principal. Más anchos también, con el espacio que requería mover equipamiento de vuelo. Las paredes tenían el mismo metal oscuro de Lorkof pero con algo adicional — marcas, algunas deliberadas y otras no, del tipo que acumula un lugar donde pasan personas que van a algún lado y que a veces vuelven y a veces no. Nombres en distintos idiomas. Números. Una frase en exquemano que Katska leyó de pasada y que decía algo que no terminó de procesar antes de que el corredor girara.
Pasaron junto a una sala con la puerta abierta.
Katska miró al pasar.
Había pilotos dentro — no en formación, no en briefing, simplemente en el espacio con la disposición orgánica de personas que llevan suficiente tiempo en el mismo lugar como para haber encontrado sus posiciones habituales. Algunos en conversación. Uno durmiendo en una silla con la cabeza hacia atrás y los brazos cruzados con la soltura de quien duerme donde puede porque ha aprendido que el cuándo y el dónde no siempre son variables controlables.
La mayoría eran hombres.
La mayoría parecían exquemanos — por la forma en que hablaban entre ellos, por los nombres que aparecían en la conversación que captó en el segundo del paso.
Uno de ellos la vio pasar.
La miró con la atención breve de quien nota algo nuevo en un espacio que tiene pocas novedades. Luego volvió a su conversación.
Katska siguió caminando.
La habitación que le asignaron era individual: una celda pequeña con litera individual, mesa fija en la pared, y una ventana estrecha que daba hacia el interior de la base en lugar de al exterior — nada que ver con el dormitorio colectivo del sector siete. Pequeña. Funcional. Sin el ruido constante de decenas de personas en el mismo espacio.
El oficial habló por primera vez desde el andén.
En exquemano — no el dialecto de Lorkof principal sino algo más cercano al estándar, con esa cadencia que Katska ya podía seguir con suficiente fidelidad.
Le dijo que el horario de Morkan era diferente al de la prisión general. Que las mañanas eran para mantenimiento de cazas y revisión de sistemas. Que las tardes variaban según las misiones asignadas. Que las comidas eran en el comedor de la base a horas específicas.
Luego dijo una cosa más — la última, con un tono diferente al resto. No más suave. Solo diferente, como quien dice algo que considera importante sin considerarlo necesario enfatizar.
Katska lo captó casi completamente.
Aquí todos saben volar. Eso es lo único que importa. Lo demás es su problema.
El oficial salió.
La puerta no se cerró con llave.
Katska se quedó de pie en la habitación individual de la Base Morkan con el silencio relativo — no el silencio real, Lorkof no tenía silencio real, pero sí la ausencia del ruido constante del sector siete que había sido el fondo de cada hora de las últimas semanas.
Por la ventana estrecha veía el corredor interior de la base.
Pasó un piloto — exquemano por el físico y la forma de moverse, con el tipo de paso de quien conoce cada metro del espacio que ocupa. No la miró.
Pasaron dos más juntos, en conversación que Katska captó en fragmentos — algo sobre un caza, sobre un sistema específico, sobre algo que había pasado en una misión que ella no conocía.
La Base del Beso de la Muerte.
Así la llamaban los presos, había dicho Valdrekk sin decirlo exactamente — lo había insinuado con suficiente claridad para que el nombre no necesitara ser pronunciado en la sala del tren.
Katska miró la ventana.
Los pilotos de Morkan no eran prisioneros en el sentido del sector siete — eran otra cosa, algo que no tenía nombre exacto pero que estaba entre el prisionero y el soldado y que no era completamente ninguno de los dos. Personas que habían hecho algo que los había traído hasta aquí y que ahora volaban para el mismo sistema que los había traído, por razones que en cada caso probablemente eran versiones distintas de la misma razón fundamental.
Porque era lo que había.
Katska puso el manual de gramática exquemana nivel tres sobre la mesa fija.
Los cinco tiempos verbales irregulares los tenía memorizados.
Lo que no tenía todavía era lo que venía después de memorizar — la aplicación real, la velocidad de comprensión que distinguía a alguien que había estudiado un idioma de alguien que lo hablaba.
Morkan iba a ser útil para eso también.
Se sentó en la litera.
Afuera, en el corredor de la Base Morkan, los pilotos seguían siendo lo que eran — renegados, desertores, criminales de distintos crímenes de distintos planetas, todos de blanco, todos aquí por alguna versión de la misma cadena de decisiones o de circunstancias que terminaba en el mismo lugar.
Y entre ellos, ahora, una piloto republicana graduada con honores de la Academia Kiela que había estudiado el idioma del enemigo en secreto durante meses y que había aceptado volar para ese enemigo porque Lorkof era lo que era y el cielo era el cielo.
Katska miró el techo de la habitación individual.
Traición era una palabra que pertenecía a otro lugar, a otro momento, donde las distinciones todavía tenían el peso suficiente para importar.
Aquí el peso lo tenía todo lo demás.
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