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Hijos de la pólvora - Capitulo 23: Entrenamiento

Había escarcha sobre los cardos y un olor espeso a grasa rancia flotando en el aire quieto de la madrugada. Junto a las carretas, los hombres apuraban el café de espaldas al viento mientras el chirrido de una piedra contra el filo de un cuchillo se repetía en el claro. Archie partía ramas secas en cuclillas, cerca del rescoldo, con los dedos entumecidos por el frío. Siete inviernos en la partida no le daban para más que acarrear leña, fregar calderos con arena y apartarse a tiempo de las botas de los cuatreros. Tenía la mirada clavada en la ceniza, ajeno a las conversaciones de la tropa, cuando una sombra pesada le cubrió la lumbre.

Gilbert Troy vació el poso negro de su jarro en la tierra y cruzó el campamento sin prisa, con el gabán rozándole las cañas de las botas engrasadas. Se detuvo a dos pasos del chico. Sin mediar palabra, desenganchó la tira de cuero de la cartuchera y sacó el revólver, haciendo girar el tambor con la palma antes de abrir la compuerta lateral. Fue vaciando los cartuchos en la mano con un tintineo sordo de latón, se guardó las balas en el chaleco y le ofreció el arma descargada sujetándola por la punta del cañón.

—Sujétalo.

Archie extendió los brazos y cerró los dedos alrededor de las cachas de nogal. El peso del acero le dobló las muñecas en el acto; al soltarlo Troy, el cañón bajó de golpe hasta arañar la grava antes de que el chico lograra trabar los hombros y suspender el hierro a la altura de las rodillas, apretando las mandíbulas para frenar el temblor que le subía por los brazos. Alrededor del fogón, tres jinetes detuvieron los jarros. El tuerto escupió una hebra negra que chascó contra la leña al rojo.

—¡Ese fierro tiene más plomo que tus tripas, cachorro!

Las risas rebotaron contra las lonas de las carretas. Archie no parpadeó; clavó la mirada en las rodajas herrumbrosas de las espuelas de Troy mientras la sangre le ardía en las orejas. Gilbert ni siquiera volvió la cabeza hacia el fuego. La puntera de su bota enganchó el talón izquierdo del chico por dentro con un golpe seco; el pie patinó en la grava y las piernas se abrieron de golpe, levantando una brizna de polvo entre las botas.

—Planta los pies —dijo con voz plana—. Si no te afirmas abajo, el tiro te sienta en el suelo.

Le agarró el codo con la mano enguantada y se lo trabó hacia arriba de un tirón firme, obligándolo a levantar el cañón a la altura de los ojos. El arma oscilaba de lado a lado sin fijar la puntería. Troy le descargó un golpe con los nudillos en la muñeca derecha, corrigiendo el juego de la articulación con aspereza.

—Firme. El hierro va adonde manda el pulso; si baila, no le pegarás ni a una carreta.

Archie apretó el nogal hasta que los nudillos palidecieron. La fatiga le bajaba por los omóplatos y el sudor de la frente le ardía en los ojos, pero sostuvo la línea diez segundos antes de que los brazos se le desplomaran contra los muslos. Troy no le dio tregua: a cada caída del cañón seguía una orden seca que lo obligaba a izar las tres libras de acero otra vez. La faena se prolongó mientras el sol naciente templaba las calizas de la llanura. Archie levantaba el revólver, aguantaba el espasmo de los tendones y recomenzaba la postura tras cada corrección. Las risas de los cuatreros se fueron apagando poco a poco hasta que el campamento volvió a quedar en silencio; ver a un crío de siete años deslomarse contra el metal sin soltar un quejido acabó por agriarles la diversión.

Finalmente Gilbert extendió la mano y recogió el arma. Caminó quince pasos hacia un murete de peñascos que orillaba la cañada, alineó tres latas vacías sobre una laja plana y regresó junto al chico. Introdujo tres cartuchos en el tambor; el chasquido del cerrojo sonó limpio y seco en el aire quieto. Le devolvió el revólver cargado, ordenándole tirar a la del centro. Archie abrió las piernas, plantó los talones en el cascajo y montó el martillo con ambos pulgares hasta escuchar los dos clics del percutor. Deslizó el índice en el guardamonte, sintiendo el metal helado del disparador, y apretó. El estruendo retumbó en el barranco. El culatazo le sacudió los hombros, le desgobernó los pies y lo sentó de espaldas en la tierra con un golpe sordo, mientras la bala pegaba contra el suelo diez varas antes de la laja levantando un surco de polvo blanco.

Se puso en pie antes de que la risa de un par de cuatreros terminara de sonar. Con la boca llena de humo acre y la muñeca latiéndole bajo una quemazón viva, amartilló de nuevo usando los pulgares. El dolor le arrancaba lágrimas que tragó sin pestañear. Cuadró el cuerpo, flexionó las rodillas para afirmarse en la greda y soltó el segundo tiro; esta vez aguantó el retroceso sobre las piernas, pero el cañón cabeceó alto y el plomo pasó silbando por encima de las piedras para perderse en el llano. Con las manos empapadas de sudor, tiró del martillo por tercera vez. El temblor le vencía los brazos y la lata del medio no era más que una mancha rojiza flotando en la reverberación. Troy dio un paso al frente, le agarró la nuca con los dedos y le sacudió la cabeza con un tirón seco que le cortó el aturdimiento.

—Olvida a los que miran —le masculló al oído—. No hay hombres ni campamento; solo ese punto de hierro y lo que tienes enfrente. Fija la vista.

Archie apretó las mandíbulas hasta arrancarse una hebra de sangre del labio. La sacudida le aclaró la vista. Retuvo el aire en el pecho, trabó los codos y sintió la muñeca firme. Presionó el disparador despacio, sin tirones. El chasquido del metal desgarrado resonó en la cañada antes de que el humo cubriera la laja: la lata saltó partida en dos, reventada contra el talud trasero entre astillas de hojalata y arenisca. Nadie habló en el campamento. Los hombres que ajustaban cinchas o revisaban arreos se quedaron inmóviles, con las riendas en las manos, mirando la hendidura fresca que humeaba sobre la roca.

Archie bajó el arma despacio, jadeando en silencio, sin apartar los ojos de los restos del blanco. Troy extendió la palma abierta y el chico le entregó el revólver sujetándolo por el cañón tibio. El hombre expulsó las tres vainas servidas, metió munición fresca de la faltriquera y lo midió de arriba abajo con su habitual desgana.

—Ya sabes sostenerlo —dijo—. Ahora olvida la mira.

—¿Por qué?

—Eso sirve para cazar en el monte o tirar protegido desde una zanja. En una calle estrecha, el que levanta los brazos a la cara se muere antes de apretar.

Deslizó el arma en la cartuchera y dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo, con los hombros sueltos y el peso repartido en las plantas de las botas. No hubo tensión previa ni flexión en la espalda. La mano derecha cayó sobre la empuñadura y subió en un mismo golpe; el percutor se montó al salir de la funda y el revólver disparó desde la cadera con una detonación seca. La lata de la izquierda saltó aplastada contra el talud antes de que el estampido terminara de rebotar en las piedras.

—Apunta desde el cinto —sentenció Troy, volviendo a calzar el arma humeante en la vaqueta—. El cuerpo manda, no el ojo. Medio segundo de ventaja es todo lo que te separa de una zanja.

Vació las recámaras una vez más, arrojó las balas sueltas al bolsillo y le tendió el revólver frío mientras señalaba con la barbilla una canana vieja y desfondada que yacía sobre un cajón de pertrechos. Archie corrió por ella y se la ciñó a la cintura pasando la correa dos veces por la hebilla de latón para fijarla; aun así, la cartuchera le colgaba vencida por el uso, haciéndole rozar la boca del cañón contra la rodilla derecha. Metió el arma en la funda y se plantó frente a la última lata solitaria. Intentó aflojar los hombros como había visto hacer a Troy, dejando la mano suspendida sobre el nogal. Tiró hacia arriba con rabia, pero el punto de mira se trabó en el reborde del cuero reseco; al forzar el saque, el cinto se le trepó hasta las costillas y el revólver resbaló de sus dedos para estrellarse contra las lajas. Archie lo levantó del polvo sin mirar a nadie.

Con la cara encendida por el bochorno, volvió a calzarlo en la funda y probó de nuevo. El hierro salió libre en el segundo intento, pero el peso le venció la muñeca y el cañón cabeceó hacia arriba. A la tercera vez le patinaron las yemas sobre la culata; a la cuarta, el borde del cuero le abrió un raspón sangrante en la cadera. Troy lo observaba a unos pasos, apoyado contra la lanza de una carreta y con el ala del sombrero tapándole la frente. No hizo un ademán de mofa ni amagó con detenerlo; miraba al chico agacharse una y otra vez a recoger el acero del cascajo, limpiarlo contra el muslo y volver a encajarlo en la vaqueta con los nudillos desollados y la respiración entrecortada. Troy clavó los ojos en la última lata solitaria sobre el pedregal, bajó el ala del sombrero y dio media vuelta hacia el fuego.

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