La oscuridad por delante
A la derecha, lejos, donde termina o parece que termina todo, una franja entre azulada, blanca y plateada, corta apenas la negrura monótona que envuelve a la ruta y al auto detenido campo adentro. Erica, una estatua en el asiento del acompañante, mira sin mirar a través del parabrisas empañado a Cristian, que se limpia las manos y se sacude el pantalón antes de volver a subirse y acomodarse en la posición de manejo. Si la luz del habitáculo se encendiera al abrir la puerta, él vería la furia ardiente en la cara de ella, sus ojos destilando odio.
–No sé qué te pasa, qué pretendías que hiciera –Cristian habla sin despegar la vista de la ruta desierta por la que conduce después de maniobrar sobre el pasto, cruzarla y encararla en sentido contrario. El amanecer ahora asoma tímido a la izquierda.
–Sos un pelotudo, Cristian. No entendés nada.
–Vos no entendés nada. Las cosas son como son.
Erica no le contesta. Su mirada también se pierde en la oscuridad por delante.
–¿Qué pretendías?
–Lo que yo pretendo a vos te importa una mierda, siempre.
–¿Vos no estabas ahí, conmigo? ¿Yo tengo la culpa?
–Te dije que hiciéramos la nuestra, que ni apareciéramos –ahora sí lo mira, Erica, mira la roca que es el perfil derecho de él–. Pero vos insististe.
–Teníamos que ir. Yo tenía que ir.
–No, no tenías por qué estar ahí y mucho menos arrastrarme a mí. Y sí, claro que la culpa la tenés vos.
–No sabía que iba a estar.
–Qué hijo de puta que sos. Hijo de puta y mentiroso.
El auto avanza más rápido que el alba. El velocímetro marca ciento sesenta y Cristian empuña el volante con las dos manos agarrotadas. Tiene la cara brillosa de sudor y rabia en la mandíbula.
–¡Andá más despacio, imbécil!
Erica resopla. Inspira húmedo. Prende un porro y lo consume casi hasta la mitad en tres pitadas profundas.
–Dame –pide Cristian.
Ella se lo pasa y se estira hacia abajo, se cruza de brazos, mira por la ventanilla la inmensidad que se empieza a definir sin pausa ni prisa.
Viajan en silencio lo que dura el porro. Cristian desacelera un poco y el motor parece agradecérselo.
Es él el que vuelve a hablar:
–Yo tenía que ir. Tenía cosas que arreglar, y vos lo sabías.
–¿Así arreglás todo vos…? Estás loco, boludo.
–No hubieras venido.
–Claro, así te cogías tranquilo a la putita esa, ¿no?
–Dejate de pelotudeces, Erica.
El auto tambalea cuando salen de una curva cerrada y se encuentran con un camión que la toma en sentido opuesto y les hace señas con las luces, baja alta baja alta. Un bocinazo resuena en el aire y se pierde fugaz.
–Viniste porque quisiste, ahora bancatelá.
–¡¿Que me banque qué?! ¡Yo a vos no te banco más nada!
Otra vez incorporada en el asiento, Erica mira a Cristian enfurecida.
–¿Y qué pensás hacer ahora, a ver? No hubieras venido o te hubieras rajado solita antes –las pupilas de Cristian estallan; escupe las palabras–. Ahora ya está. Quisiste venir. Te quisiste quedar. Estuviste ahí. Así que sí: bancatelá y cerrá el culo.
Ella no responde, llora y lo insulta a gritos mientras Cristian maneja indiferente; pega patadas en el piso y piñas sobre la guantera.
Temblorosa, Erica vuelve a mirar por la ventanilla: clarea y un puñado de vacas pastan; enseguida desaparecen y todo vuelve a ser una pampa infinita, una llanura amarillenta y salvaje. Se acurruca contra la puerta y saca el celular de uno de los bolsillos de su pantalón cargo. El brillo de la pantalla le ilumina la cara, los parpados hinchados, los ojos enrojecidos, el rímel corrido y pegoteado a los costados.
–¿Qué hacés? Te dije que no lo traigas –Cristian gruñe–. Dameló.
–No.
–¿Sos idiota, Erica? ¡Dame el celular!
Las ruedas muerden la banquina y trastabillan cuando Cristian se estira para manotearle el teléfono. Erica se agazapa más contra la puerta y esquiva el arrebato cambiándolo de mano. Él se incorpora aún más y alcanza de un zarpazo el brazo derecho de su novia, que grita de dolor cuando él cierra el puño alrededor de su muñeca. El auto se mueve de un lado a otro y, volanteando con una sola mano, Cristian alcanza a eludir a una camioneta que viene de frente por el carril contrario. Otra vez luces, otra vez la estela de un bocinazo. Erica suelta el celular, que cae en el asiento, entre sus piernas, y se sacude frenética y a los gritos. Una cachetada con el revés de la mano le da vuelta la cara y su cabeza golpea contra el vidrio. Se queda quieta mirando para abajo, respira en espasmos, llora de nuevo. Mira de reojo y con los dientes apretados a Cristian, que abre la ventanilla y estrella el celular contra el pavimento.
–Te dije que no lo traigas.
–Te odio, hijo de puta.
–No me jodas más, Erica. No compliques más las cosas.
–Sos una basura, Cristian. Sos un hijo de re mil putas y un…
Erica deja de hablar cuando levanta la vista y mira la ruta. Cristian enciende los faros del auto. Cada vez más cerca, destella intermitente la luz azul de un patrullero estacionado a un costado del camino, donde la banquina se ensancha formando una dársena. Un policía arma una hilera de conos de color naranja. Otro, firme y mirando en dirección a ellos, mueve un brazo de arriba hacia abajo, indicándoles que reduzcan la velocidad.
Cristian afloja la marcha y tira el auto a la derecha. La aguja del velocímetro retrocede implacable. Erica baja el parasol y se mira en el espejo insertado en la cuerina: no tiene marcada la mejilla, apenas una mínima irritación. Mete los dedos entre su pelo en el lado derecho de la cabeza, los saca y se los mira: tampoco tiene sangre. Se pasa la lengua por la punta de los mismos dedos y se frota los surcos de rímel llorado. Saca de la guantera un par de anteojos de sol y los sostiene de una patilla con los dientes, mientras se arregla el pelo recogido en un atado tirante.
Quien mueve el brazo en señal de advertencia, es una mujer; deja de moverlo cuando el auto está todavía a varios metros de distancia, y se hace a un costado, alineándose con la fila de conos anaranjados. Los mira cuando le pasan por al lado.
Cristian vira levemente y maniobra con suavidad sobre el pasto. Detiene la marcha y apaga el motor un poco más adelante del patrullero.
Prende un cigarrillo y le pasa el paquete a Erica.
Una especie de cuervo planea, lo miran aterrizar: sobrevuela y da picotazos profundos en el suelo. Revoletea sobre el capó con alguna cosa rosada colgándole del pico. Despliega unas alas mullidas terminadas en plumas blancas, las pone rectas y remonta vuelo en diagonal, hacia el cielo ya del todo amanecido y sin rastro de sol.
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