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LiteraturaESP·Literatura en Español byfictograma

Qualia: Vidrios rotos

Capítulo 33

Edna siempre se preguntó por qué su madre, Esperanza, era tan reservada con las personas desconocidas.

Cuando entró a la adolescencia se enteró de que su abuelo y su tío se burlaban del acento de su madre. De su forma incorrecta de hablar español. El zapoteco era su lengua materna. El español, una segunda lengua que nunca terminó de sentirse suya. Esperanza comenzó a economizar sus palabras antes de que Edna naciera. Aprendió a estudiar por su cuenta, a corregir su acento, a pulir su vocabulario. Pero la costumbre del silencio se volvió parte de su personalidad.

La libreta cuadriculada con la que entró a la consulta no era nueva. Edna la encontró entre las cosas de su madre. En las primeras páginas estaban los ejercicios de Esperanza: palabras repetidas una y otra vez, frases corregidas con esmero. Ahora Edna planeaba usar la misma libreta porque le resultaba más fácil organizar sus ideas sin que las emociones se desbordaran en llanto.

La terapeuta la vio entrar con la libreta y usando la misma gabardina.

Se oyeron tres clic, clic, clic de la pluma antes de que la psicóloga comenzara a escribir en su libreta.

Edna se quitó la gabardina, la dobló cuidadosamente para ponerla en sus piernas al sentarse. Después puso la libreta encima.

—Habíamos acordado que ya no usarías esa gabardina —dijo la terapeuta.

—Solo la uso para salir —respondió Edna, sin levantar la vista.

—Puedes colgarla en el perchero que está junto a la puerta. Aquí, en esta oficina, estás segura.

Edna se levantó. En ese momento, un fuerte estruendo de moto pasó por la calle. El ruido llenó la consulta, hizo vibrar el cristal de la ventana. Sobre el escritorio, el agua en el vaso tembló, dibujando pequeñas ondas en la superficie. Edna se volvió a sentar. La terapeuta esperó a que el ruido se alejara.

—¿Cómo estás?

Edna abrió la libreta. En las hojas cuadriculadas había palabras rayadas, puntos y líneas. Buscó un espacio en blanco y escribió:

Estoy harta. Siento que me asfixio en casa. Las miradas tristes de mis padres me lastiman.

Por un momento, la consulta se desvaneció. Vio a su madre en la puerta de la panadería, con los ojos húmedos al verla alejarse para ir a la consulta. Vio la mano de Jensen cerrándose sobre su muñeca. Volvió a percibir el olor a humo.

Parpadeó. La terapeuta seguía ahí.

—Entiendo. Para eso estamos aquí, para que vayas desarrollando herramientas que te ayuden a recuperar el equilibrio emocional.

Me siento culpable. Dañé a su hija —escribió con letra deformada.

—No dañaste a su hija, Edna. Lo que pasó no fue tu culpa.

Edna volvió a escribir.

Sí es mi culpa. Desobedecí a mi madre. Le mentí.

Otra imagen: la discusión en la cocina, su madre diciendo “no vayas”. El silencio después.

Siento odio. Odio a mí, a la vida, a la gente. No tengo paz. No encuentro salida. Ya no podré ser feliz.

La terapeuta leyó sin prisa.

—Has escrito “odio”. Y también “no encuentro salida”. ¿Por qué crees que no podrás ser feliz?

Edna escribió:

Ya no hay arreglo.

—Está bien. Por el momento no vamos a enfocarnos en arreglar todo. Hay una diferencia entre “no hay arreglo” y “no hay nada que se pueda hacer”. No podemos borrar lo que pasó. Pero sí podemos trabajar con lo que quedó. No reconstruimos una casa completa. Empezamos por una habitación, por una ventana, por una puerta.

Edna comenzó a rayar la libreta intensamente, tratando de erradicar de su mente las imágenes del sótano: sin paredes, sin puerta, el fuego expandiéndose, sin salida.

La terapeuta la observó rayar. No la interrumpió. Cuando el movimiento cesó, cuando Edna volvió a dibujar puntos en las esquinas, la terapeuta habló de nuevo, con voz más suave:

—Hoy viniste. Hoy escribiste. Eso ya es algo. ¿Qué te parece si empezamos por lo básico? Cuidarte un poco. Comer. Dormir. Salir de la casa aunque sea unos minutos al día. Sin exigirte que estés bien, solo que estés.

Ahora se escuchó el claxon de un camión irrumpir en la oficina.

Edna vio, por un instante, la liebre entrar a la cueva cubierta de lodo, chillando frenéticamente mientras avanzaba hacia Justino.

El claxon terminó. Edna se dio cuenta de que apretaba la gabardina con ambas manos y recordó cuando esa gabardina la cubría mientras cabalgaba junto al precipicio con los pies descalzos y mojados.

Después comenzó a escribir en la última hoja, sin mostrarla en esta ocasión. Luego habló en voz baja, serena, como si las palabras hubieran estado esperando mucho tiempo para salir.

—Tengo un amigo. Bueno, no es amigo. Alguien con quien compartí esos momentos difíciles. Él no ha estudiado psicología, no tiene una cosmovisión definida, ni siquiera tiene casa, no se cree un héroe. Dice que su gabardina no es capa.

Sonrió brevemente mientras acomodaba la gabardina.

—Pero creo que él tiene algo que usted no tiene. No puedo definirlo. Solo que con él siento que soy yo misma. En casa soy la hija herida. Aquí soy la paciente.

Hizo una pausa al recordar una lección de su madre aprendida mientras limpiaban los vidrios de su casa. “El paisaje se ve más hermoso con los vidrios limpios.” Al quitar las impurezas se vive mejor, se disfruta más la vida. El problema es que ahora alguien había roto los vidrios.

Agarró la libreta y escribió mientras sus ojos se inundaban de lágrimas:

Mi familia está fracturada, escribió poniéndose de pie.

—Edna. No voy a detenerte. Puedes irte si eso es lo que necesitas. Pero antes de que te vayas, quiero que escuches una cosa.

—Esa libreta es una muleta. Las muletas sirven para caminar cuando no puedes hacerlo sola. Y está bien usarlas. Pero también quiero que sepas que, si algún día esa libreta ya no te alcanza, o si la pierdes, hay otras formas de hablar. Otras personas que pueden escucharte. Aunque no lo parezca.

Hizo una pausa.

—Y ese hombre del que hablaste, él también puede ser una muleta. No digo que sea malo. Digo que, si un día él no está, o si él también necesita apoyo, tú vas a tener que encontrar la manera de sostenerte por ti misma.

Edna la miró. Por un momento, pareció que iba a escribir algo. Pero no lo hizo. Habló, en voz baja, sin titubear:

—Con Justino no necesito la libreta.

La terapeuta la observó un momento. Después asintió lentamente, como quien reconoce una verdad que no puede discutir.

—Entiendo.

Edna se puso de pie para acomodarse la gabardina y dejó la libreta cerrada sobre el escritorio.

La terapeuta se puso de pie para despedirla. En su mirada profesional se escondía un toque de tristeza.

Después de que Edna salió de la oficina, la psicóloga se sentó y comenzó a hojear la libreta. Allí estaban los ejercicios de Esperanza: palabras repetidas una y otra vez, frases corregidas con esmero, la letra temblorosa de una mujer que intentaba aprender a hablar sin ser burlada. El español como segunda lengua. El zapoteco como lengua madre. El silencio como refugio.

Siguió pasando las páginas, que eran como campos de batalla de madre e hija. En algunas, los rayones de Edna eran tan densos que el papel casi se había roto. Vio el mensaje que Edna había escrito sin mostrárselo:

Usted es una buena psicóloga, pero no puede ayudarme.

Después se detuvo en un rayón. A contraluz, con paciencia, trató de leer lo que había debajo. Era una frase. La letra era temblorosa, casi ilegible, pero los trazos se filtraban bajo la tinta.

Quisiera morirme.

Clic, clic, clic.

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